Los Cafés



“Café en Bogotá significa una cafetería”, señala un video de 1947 producido por Lydman Judson, jefe de educación visual, para la Organización de Estados Americanos, que muestra como lucía la ciudad antes del ‘Bogotazo’. Para estas épocas los bogotanos vestían rigurosos paños de colores oscuros sin importar si hacía calor o frío y se acostumbraba a hacer visita en la mitad de la calle con el máximo peligro que lo atropellara un tranvía rojo, pero cuando se cansaban de estar de pie se trasladaban a cualquiera de los cafés y tiendas concentradas por el centro de la ciudad que eran los lugares predilectos para tertuliar. Muchos de estos eran conocidos como cafés literarios y se consideraban cuarteles generales de artistas, escritores, poetas e intelectuales de la época, donde según el gobierno de turno se conspiraba en contra del régimen pero donde también asistía la gente común y silvestre. Fueron famosos el Automático en los cuarentas, el Windsor en los veintes, El Gato Negro, La Cigarra, El París y muchos otros que dan pie a una prolongada lista de la bohemia bogotana. Si vamos hacia principios de siglo encontraremos varias tiendas famosas como La Gata Golosa y el Café La Botella de Oro, que también fueron puntos de encuentro en los que sin ninguna duda se dieron amenas y calurosas charlas alrededor de un tinto, una cerveza, un aguardiente o hasta un trago importado.

Hoy en día sobreviven algunos cafés que conservan esta tradición y que se resisten por fortuna a introducir cambios radicales en su ambiente, infraestructura y mobiliario; allí encontramos las mismas mesas de pata redonda de metal, las mismas sillas de cuero rojo, las mismas cafeteras express, los mismos cuadros, la misma música, y los mismos señores de corbata tomándose un tinto. Al parecer por encima son bastiones masculinos, sin embargo, entre los señores se observan a una que otra mujer dejando de lado la vieja regla de que estos no son sitios para una dama.

Si quiere viajar hacia la primera mitad del siglo XX bogotano haga lo siguiente: vaya al Café Pasaje y siéntese en una de sus mesas redondas de pata redonda traídas de EEUU, pida un tinto y piense si no es verdad que este café parece una especie de “pub criollo”, con sus zócalos en madera, su gran profusión de cuadros, sus televisores y un letrero electrónico que señala “...Café Pasaje patrimonio histórico de Bogotá...respire con tranquilidad, zona libre de humo...”. Está ubicado en un costado de la Plazoleta del Rosario y goza de alto aprecio entre sus habituales clientes, abogados, esmeralderos, comerciantes y estudiantes. Podríamos decir que es un sobreviviente ya que la demolición del módulo gemelo del edificio Santafé que estaba sobre la actual Plazoleta del Rosario alojaba otros cafés para tertulia, de allí su nombre porque estos dos edificios formaban el pasaje peatonal Santafé, que comunicaba a la Jiménez con la calle 14. Su dueño, Jorge Vásquez Vélez, lo puso en funcionamiento en 1930.

Luego baje por el costado sur de la antigua Calle del Arco, el callejón que forman la Iglesia de la Tercera y La Veracruz, y en el primer piso de una amplia casona luego de atravesar un espaciosa entrada encontrará el San Moritz. Entre extintores de cobre, fotografías de Bogotá a blanco y negro, un salón para jugar billar y música de tangos y boleros se puede disfrutar de uno de los ambientes más clásicos y rústicos de la bohemia bogotana. Sentándose en cualquiera de sus mesas usted deberá tomarse un tinto, una cerveza o una gaseosa y piense cómo este lugar se ha mantenido inmune al paso del tiempo y cómo logra ser uno de los bastiones masculinos más significativos, porque aquí la presencia femenina es prácticamente nula a no ser por las señoras que sirven el ‘expresso’ en la vieja cafetera Faema. Esto es lo especial del San Moritz, porque parece que uno viajara en el tiempo cuando se entra a este lugar tradicional desde 1937 y que fue fundado por el alemán Guillermo Wills, cuya familia era dueña de la casa donde se instaló el local.