El Carnaval de Bogotá
La última edición del Desfile Metropolitano de Comparsas, evento que clausura cada año la celebración conmemorativa de la fundación de Bogotá, en el mes de agosto, estuvo enmarcada por una visión futurista, por un pronóstico intuitivo de la identidad que reflejará la Bogotá del año 2050. ¿Cómo se vestirán sus habitantes? ¿Tendrán costumbres diferentes a las que caracterizan la cotidianidad de un bogotano hoy? ¿Qué los motivará, qué intereses perseguirán y cómo se verán a sí mismos? Interrogantes cuyas respuestas pueden ser tan vagas y especulativas como el espectro mismo de la imaginación humana.
En todo caso, no hay duda de que este evento anual no es sólo un momento de fiesta y jolgorio que convoca a la heterogénea ciudadanía bogotana, sino también un espacio de reflexión; es, dentro de un marco de bullicioso colorido, movimiento y contagiosa entretención, una estación en medio del caos urbano, un alto en el camino para identificarnos como una matriz sociocultural única, para vernos en el otro más allá del escudo de las diferencias subjetivas y repensarnos como ciudad.
La Capital cuenta con este inigualable momento una vez cada año desde hace más de cuatro siglos, exactamente desde 1539, un año después de la fundación de la ciudad, cuando la corona española impuso la celebración de las Carnestolendas de Santa Fe y Bogotá, un carnaval con enfoque estrictamente religioso que instauró la primera festividad colectiva de aquella Bogotá aún en estado embrionario.
Situándonos todavía en el siglo XVI, hallamos en 1561 otra fiesta, esta vez organizada por el cacique de Ubaque, a quien los españoles autorizaron para que realizara un desfile –más popular y menos dogmático que el anterior– a lo largo del atisbo de ciudad. En los años subsiguientes se fusionaron las fiestas descritas bajo una única celebración anual: el Carnaval de Bogotá, que se festejó hasta el siglo XIX. Excesivo consumo de chicha, brotes de violencia y desordenes generales llevaron a que se suspendiera el carnaval.
En la primera mitad del siglo XX se buscó retomar la tradicional celebración pero el intento fue infructuoso debido a nuevos desmanes y actos vandálicos entre los asistentes, anormalidades atizadas por agrupaciones políticas que aprovecharon la fiesta como canal de protesta en contra de la élite bogotana que imponía su hegemonía en muchos ámbitos de la ciudad, por no decir en todos, pues hasta la organización del carnaval era impuesta por la clase dominante ‘rola’.
Ya en el siglo XXI, concretamente en el 2006, la celebración fue rescatada y los gobiernos distritales no escatimaron esfuerzos para lograr su correcta realización, propósito que se alcanzó aun sin la definición de un nombre único para identificar a la tradicional actividad. Desde el 2008 se organiza el Desfile Metropolitano de Comparsas, acontecimiento equiparable a aquellos carnavales y fiestas de antaño, y que, junto con las Fiestas Interculturales, constituyen la Fiesta de Amor por Bogotá, la cual, más que un emotivo escenario de fiesta y regocijo, es una oportunidad que se nos presenta en cada año para examinarnos en conjunto, acentuar nuestro lazos culturales y proyectarnos colectivamente como una ciudad cada día más incluyente y acogedora.