Ante la incesante proliferación de centros comerciales en Bogotá, todos ellos calcados en su arquitectura y en el contenido de productos y servicios que ofrecen a sus ávidos visitantes, es inevitable sumergirse en la búsqueda sobre el origen de estos focos de multitudes movidas por el consumo.
Mercados y puntos de concentración comercial han existido en distintas sociedades y épocas. Sin embargo, “el antepasado inequívoco del centro de comercio moderno es el pasaje comercial”, sostiene Gabriel Pardo García-Peña, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural. El pasaje es un singular ducto que atraviesa alguna manzana de la ciudad, cual calle interna, con locales comerciales instalados en ambos costados, solo que esta arteria es transitable únicamente por peatones.
El pasaje comercial como modelo de punto de comercio urbano se impuso en Europa en el siglo XVI. Los más históricos y emblemáticos están localizados en París, Londres y Milán. En Bogotá aparecieron a finales del siglo XIX. Aunque con alteraciones en su distribución física original, con negocios de otra naturaleza respecto de los que inicialmente los ocuparon y estéticamente deteriorados, algunos pasajes bogotanos sobreviven. Ellos simbolizan, en el caso de la Capital, un momento de su historia en el que los esfuerzos e intereses estaban enfocados en la expansión y modernización de la ciudad.
El Pasaje Rivas –que más que un pasaje es un laberinto– es uno de ellos y puede ser el más conocido de la ciudad. Ya en 1891, en planos de Carlos Clavijo y en guías de esparcimiento, se notificaba su existencia. La arquitectura del pasaje, incrustado en la manzana ubicada entre las carreras 9 y 10 y entre las calles 10 y 11, es innegablemente neocolonial (teja de barro, bahareque, muros de adobe y tapia pisada). Este pasaje, al igual que los pasajes Mercedes y Gómez, es un residuo de la desaparecida Plaza Central de Mercado, cuya cobertura no se limitó a su estructura física central sino que ampliaba sus alcances a manzanas vecinas. Durante la primera mitad del siglo XX, los espacios del segundo piso del Pasaje Rivas fueron utilizados como alcobas que albergaban artesanos provenientes de otras regiones del país; décadas después, en los 60, las mismas alcobas hospedaron estudiantes y bohemios aventureros. Antigüedades, carpintería popular y artesanías son las categorías comerciales que dan vida hoy al Pasaje Rivas.
La construcción del Pasaje Hernández, que atraviesa la manzana ubicada actualmente entre las carreras 8 y 9 y las calles 12 y 13, también data de finales del siglo XIX. A diferencia del Edificio Hernández que, aunque coincide en ubicación y denominación con el pasaje –por la familia propietaria del inmueble–, no comparte su momento de creación, pues el edificio se construyó en 1918. La existencia del Pasaje Hernández, al igual que el Pasaje Rivas, se evidencia hacia 1890 en planos y guías urbanas. La proliferación de fastuosas sedes de entidades, especialmente bancarias, valorizó el sector y lo convirtió en un importante foco de actividad comercial. En este entorno aparece el Pasaje Hernández, una propuesta novedosa e inevitablemente atractiva para la época, como lo constatan los registros de su inauguración, colmados de elogios y opiniones satisfactorias. En el segundo piso del pasaje se ubicaban las oficinas de prestigiosos profesionales mientras que en la primera planta había cigarrerías y reputados almacenes; uno de ellos, ‘Un centavo a un peso’, fue durante años modelo de negocio e insignia del pasaje mismo que lo albergaba. Sastrerías y vestidos terminaron siendo los negocios y productos más comunes del pasaje, como consecuencia de la influencia del comercio de paños finos que había en una cuadra aledaña, invadida por turcos y libaneses. El Pasaje Hernández, además de centro de comercio, era el punto de encuentro y esparcimiento predilecto de los ciudadanos.
Los pasajes Gómez y Mercedes, ubicados en San Victorino, alguna vez fueron uno solo y a ello se debe que en la actualidad compartan colindancia. Don José Gómez y su esposa Mercedes eran los propietarios del inmueble, pero, tras su divorcio, aquel se repartió y asimismo se establecieron dos pasajes, cada uno con su nombre. Actualmente en estos pasajes, que fueron construidos en la década de 1930 y casi llegan a contar con ascensor, se mueve un comercio especializado en primeras comuniones, bautizos y matrimonios.
Pasajes Comerciales
del Centro Histórico de Bogotá